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Videojuegos, un envión para cybers y locutorios

     

En el país, las cabinas son una insignia nacional.
Si hay algo amistoso en Argentina, sobre todo en Buenos Aires, es el número y variedad de lugares donde se puede acceder a una cabina telefónica o a una computadora que funcione bien y se conecte instantáneamente a Internet vía Banda Ancha sin inconvenientes.

Hay gente a la que estos locales, habitualmente llamados locutorios, le parecen oscuros y siniestros, justamente porque no se originan en la abundancia económica sino todo lo contrario, son reductos cómodos para trabajar, prácticos para comunicarse e incluso hasta accesibles por su ubicación geográfica (están distribuidos en todo el país, inversamente a lo que ocurre en otras grandes ciudades como Nueva York, Madrid o San Pablo).

Encontrar un locutorio en cualquier gran urbe del mundo puede resultar dificilísimo. En la actualidad, la mayoría de quienes tienen la ocurrencia de necesitar Internet fuera de su casa andan con una portátil a cuestas, se conectan sin cables y prefieren hacerlo en un café menos austero y claustrofóbico que desde un locutorio.

En Argentina, en cambio, un alto porcentaje de usuarios no tiene ni siquiera una computadora de escritorio, mucho menos una laptop, y si la tiene, nunca pensaría en pasearla por la calle y estacionarse con ella en un bar ya que es muy caro asegurarla. Por lo tanto, los locutorios proliferan en la medida en que, para muchos, no hay acceso privado a Internet y la Banda Ancha es cara, si se piensa que usar una hora por día en un locutorio sale casi tres veces más barato que tener un abono domiciliario.

Así como en Nueva York prácticamente no hay locutorios, en Buenos Aires existen tantos como barrios y zonas hay en el mapa, situación que refleja una costumbre autóctona entre los argentinos. Cuando el lugar de trabajo no puede ser utilizado, el locutorio está allí, uno cada media cuadra.

Desde la mirada de los turistas extranjeros, quienes utilizan mucho los servicios de telefonía que ofrecen los locutorios, parece inverosímil que una señora vestida de entrecasa, con apariencia de haber superado la edad jubilatoria, se pase cinco horas jugando al solitario o chateando con sus nietos. La misma sorpresa que los foráneos se llevan de hombres de negocios que usan el locutorio como oficina móvil, o que varios inmigrantes latinoamericanos combinen el teléfono con el correo electrónico bajo el mismo techo. Todo el mundo sabe que habrá adolescentes en el chat y chicos jugando en red o contra las máquinas.

La descripción de lo que puede hacerse en un locutorio es tan conocida que está perfectamente insertada en los hábitos urbanos y no necesita demasiado análisis.

En síntesis, es como si fuera una radiografía de lo que ocurre en las pobladas calles porteñas y en las arterias más importantes de las otras grandes ciudades argentinas.

 
 
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Federico Stellato